VERSO LIBRE

VERSO LIBRE

domingo, 10 de mayo de 2009

LIBERTAD

He apurado tu seductor veneno
He sido calumniado por seguirte
He citado las cosas por su nombre
He vuelto la vista: te siguen pocos
He sido tentado para abandonarte
He caminado obediente de tu mano
He apartado las noches de tu camino
He vivido feliz con el frío y la soledad
He mirado al cielo para medir tu altura
He sabido que tu hermana es la Justicia
He dado cobijo y alimento a tus palomas
He envidiado la grandeza sumisa del mar
He compartido la estera donde te sientas
He traicionado alguna vez mi compromiso
He pedido al viento que señale tu sendero
He gritado tu nombre desde las altas cimas
He dicho a la lluvia: ¿eres libre en tu caída?
He pensado: dos amigos, o uno, son suficiente
He tirado todas las llaves que me apartan de ti
He dicho a los jóvenes: Tenedla por compañera
He comprobado que eres un regalo de los dioses
He admirado tu gallardía en la belleza del ciprés
He grabado tu nombre en el corazón de los niños
He preguntado a las estrellas dónde tienes tu morada
He esculpido tu nombre, también, en todas las plazas
He leído tus mensajes en el rumor doliente de los ríos
He preguntado a un necio por ti: “¿Quién es?”, me dijo
He aprendido a vivir y a sufrir en tu tienda de campaña

DESCONCIERTO EN EL AIRE

(Monólogo con el Viento)

Lo sé:
naciste para ser libre
pues no hay brazo que te atrape
ni pincel que detenga tu aliento.
Tampoco goznes
riendas
bocado
que a la obediencia te llamen.

Oculto estás tras esa malla sedosa
de infinitos pliegues que abanican nuestro rostro,
desfilas autoritario por la ancha frente del espacio
escudriñando todas las calles del mundo
hasta que, igual que el humo
agotado
te conviertes en moneda volátil
sin peso, desnudo en el vacío.

Castigado como Caín a huir sin descanso
corres desbocado con la fusta azotándonos
y nos empujas, Eolo, a escondernos de ti.
Todo lo que tocas lo deshabitas
despertándolo con el susto de tu mirada.

¿Quién abre la puerta que te despeña sobre el mundo?
Pasas sobre/entre nosotros sin ser parte nuestra
despojado de asideros, -pues la materia te repele-
reflejándote en la misma frontera de los cuerpos.

Qué hermoso sería
ceñido en tu espiral atormentada
escuchar tu ulular lastimero desde el vientre oceánico del cielo
o desde el punto angular de la cima más alta
recibirte y besarte como una ofrenda núbil…

A las nubes pastoreas, Céfiro,
hasta esos lugares de nuestros campos yermos
para alimentarlos bondadoso con el grano sementero de la lluvia.
Conduces a la paloma arropada en tus vendajes
orientando sus viajes mensajeros.

Te gusta voltear el esbelto torso de las ramas
provocando su quejido
o convocar todo también
a la alegría obligada de la danza alocada y febril
que tu paso le dicta.

Tropiezas,
rastreas con tus pezuñas de terciopelo
el rostro viejo de la tierra tapizado de hierbas y flores,
libándolo con la ternura de la abeja,
susurrante y cariñoso…

¿Hasta cuándo el oleaje
torbellino
vértigo
danza invisible
sin freno con que nos encadenas?
No lo ves
pero muchas veces deseamos decirte:
detén tu paso

porque necesitamos –apartados de tu compañía-
llenar con nuestro olor las plazas
reconocernos de nuevo en la rutina de los días
admirar el descuidado vuelo de las aves
abandonar nuestro cansancio
bajo el abrigo protector de las copas de los árboles
y sentir, sin tu presencia
ese bullir inquieto de los pasillos de la vida
oculto tras el maternal humus
donde tienes prohibido el acceso para siempre.

Si pudiera sellar
todas las avenidas por donde como un fantasma huyes
recogerte
en alguno de esos rincones donde te acurrucas atemorizado
colmar de paz
el oleaje de tu pecho vagabundo…,

y llevarte de la mano hasta ese broche de luz
que secuestra los ojos de los hombres perdidos en el mar
y ahí dejarte
hasta que él cure las heridas
que tantos caminos han dejado en tu cuerpo.

Contempla, entretanto, el reino de Poseidón
en su infinita largura
el ir y venir despreocupado de los peces
paseando bajo la seda del agua;
escucha ese silencio vallado abisal
lleno de campanillas multicolores.

Deja que tus ojos agotados y secos
naveguen hasta los surcos alados de las gaviotas
juega con ellas anudado en sus zambullidas
vuélvete a la primera infancia, virgen aún de recuerdos
enciérrate allí
y, ya después, haz lo que quieras.

LUZ (II)

Recibo
aún temprano
tu mirada adolescente
que va cubriendo nuestra herida mortal
sin curarla
alumbrándola de esperanza

Entras gorjeando con tu capa alada
saludando los contornos
sin resquicios
arrastrando las sombras a su despeñadero.

nos invitas a salir
igual que ayer
a nuestros caminos
y a nuestras cosas abandonadas
sólo hasta donde tú nos marcas.

Un entretanto que estamos viviendo
envejeciendo un poco más
como esa flor ausente de sí misma
como esos pájaros ansiosos de alimento
pellizcados en su vuelo.

Nos dejas
nos ves
desordenados y confusos
con nuestras propias sombras tropezando
hasta que llega con tu permiso
la noche

que rompe tu presencia

LUZ

Llegaste a mí
océano luminoso
te trajeron como llegan los silencios
sin ropaje, rumores
vacía de materia

savia fecunda transportando la vida
sobre tu cuerpo alado, ligera como el rocío…;

¿qué hiciste con nosotros?
esta arcilla ingrávida
aturdida aún en las manos del alfarero
la abriste en canal
enroscándola en todos los pliegues
de lo antes oscuro

nuestro templo gris
desnudo y frío en su penumbra
todavía en trance de creación
hojas perdidas sin árbol genealógico
ni raíces
en la negrura infinita del caos
ve de pronto encendida su primera mirada admirativa
(todo como un regalo ante los ojos)
y con ella los primeros movimientos
la vasta red de objetos laberínticos
que le obliga a pensar
escoger
distinguir
situarse entre las sombras

y crece la palabra poniendo nombres a las cosas

simas
montañas
mares
el espacio de las aves,
la tierra que se toca con las manos
habitada por árboles desplegados hacia el cielo
animales en aparente abandono
buscando su sustento
los ríos como sangre circulando
empujados en su huida
inundados de ti

y esos otros caminos donde crece la piedra
urdidos con alambre forjada para encuentros
y desencuentros
galerías bulliciosas cimientos del babel futuro

tu destino es llegar
estar
ceñirte con nosotros
leernos en tu presencia
congregándonos como un atento vigía
romper nuestro silencio

todo lo ocupas tú
ayúdame a entenderte
saberte plena en tu antorcha encendida
hasta ese momento en que pueda volar
para posarme allí donde no alcance la noche

MIENTRAS TE SIGO ESPERANDO

Y yo que te conté tantas cosas
mientras vigilaba tus sueños
mi pequeña niña,
mujer imposible para mí

En el malecón de tus versos
esperándote…;
cuánto frío estoy recogiendo.
Pero me decía a mí mismo
hoy vendrá desde allá lejos
despeinada, alada
mi amazona incansable

Todo para ti arreglado
repasados todos los detalles
hasta los besos
en la cima de mis labios
como ascuas aguardándote.

Me dijiste sobre el papel
te amo, a nadie más amo,
y me lo creí

Volveré –también me dijiste;
por eso permanezco aquí
donde quedamos aquella tarde,
con la ventana entornada
por donde sigue entrando
el frío, ¿eres tú?

Si supieras las veces
que he deshojado tus versos
desnudándolos con cariño
igual que a una cebolla
uno a uno, despacio…
y los he leído…, y los he llorado…

mientras te sigo esperando

AMOR, SIGAMOS BAILANDO

Sí, es primavera recién entrada,
lo digo por vosotras
que la tenéis tendida en vuestros ojos.
Tiempo de parques
con niños dueños de estanques,
con los cisnes acompañando
su andar blandengue
los tibios entresoles de la tarde.

La música reclama su espacio
altanero y vibrante.

Si te digo, mujer,
que la plaza es una llama
con múltiples cabezas girando festivas,
voces como luciérnagas
animando bancos y paseos
sobre todo jóvenes y niños
con madres preocupadas...

Cómprame un helado, me dices.
Me acerco al carrito
y le digo al heladero
que sean dos de turrón con pasas
en cucurucho.

La plaza está alborotada
jubilosa
con las madres corriendo tras los niños
que dan de comer a los patos.

¿Te acuerdas que bajo este árbol
tú y yo nos dimos el primer beso?
No me digas los años que han pasado.

Amor, sigamos bailando

ESQUELA PARA UN VIVO

Era un hombre feliz
-eso aparentaba por lo menos-.
Tenía bien ensayada la mano alzada
(sobre su pechera la otra)
para enviar y agradecer los saludos.
Cabello y zapatos charolados.
Perfumaba sus hombreras
con Blue Jeans de Versace…

Siempre el don, señor
diga usted, lo que usted diga
por donde él pasaba.
Vivía en un jardín:
no oía más que gorjeos de pájaros
a su alrededor.
“Eres…, eres…, oh tú…
Su disco preferido, “la novena”;
sobre todo, el último movimiento
que tarareaba
bajo el foco lluvioso de la ducha.

En su tarjeta de visita:
Excmo. Sr. D. …….
y en rojo, con relieve,
el listado de sus méritos.
Familia, amigos, casa,
situación económica…
-perdonadme que me salte el orden de valores-
en perfecto estado de revista.
Como un amante fiel
“el móvil”, sin descanso, velaba sus secretos.
Cuidaba mucho todos los detalles.

¿Entonces, qué?
Alguien, no se sabe quién,
dicen que “desde arriba”
tachó su nombre y apellidos.
Y todos entendieron el mensaje.
Aquel “superhombre” besado
hasta entonces por la Fortuna,
de repente
empezó a sentir frío sobre sus hombros
murmullos acusadores
arrogancia en las miradas
muchos espacios libres por donde él caminaba.

Hasta los suyos, los más suyos
le decían atrevidos:
Pues tú, ¿qué te habías creído?
En su casa
el silencio le hiere como un puñal.
¡Papá, qué sucia llevas la corbata!
Y a la hora de su paseo solitario
encorvado y deprimido
hasta las mismas hojas de los árboles
ovilladas en el suelo
se apartan desconfiadas a su paso